Hace unos años, cuando alguien te preguntaba cómo estabas, respondías “bien” o “regular”. Hoy la respuesta por defecto es liado. Liadísimo. Hasta arriba. Y lo decimos con una mezcla de queja y orgullo, como quien enseña una medalla que además le aprieta el cuello. La productividad se ha convertido en una ideología, y como toda ideología, funciona mejor cuanto menos se discute.
No hablo del trabajo. Hablo de la colonización de todo lo que no es trabajo por el vocabulario del trabajo. Leemos libros para optimizar el descanso. Salimos a correr para maximizar el rendimiento cognitivo. Hacemos la cena siguiendo una receta de batch cooking que nos ahorra catorce minutos semanales. El ocio ha dejado de ser un espacio fuera de la producción para convertirse en su departamento de mantenimiento.
La métrica como religión
Lo peligroso de la productividad como ideología no es su contenido: es su gramática. Cuando incorporamos métricas a todo lo que hacemos —pasos diarios, horas de sueño profundo, libros leídos al año, streaks de meditación—, lo que ocurre es más sutil que una simple autovigilancia. Aprendemos a no confiar en nuestra experiencia si el dato no la respalda. Una tarde agradable que no queda registrada en ningún sitio empieza a parecer sospechosa, incompleta, como si no hubiera sucedido del todo.
La métrica promete control y entrega dependencia. Ya no sabemos si hemos descansado: tenemos que consultarlo.
El problema, por supuesto, no es medir. Medir es útil. El problema es que medirlo todo exige convertirlo todo en una cantidad, y hay cosas que al perder su cualidad pierden también su sentido. Una conversación con un amigo no es una inversión en capital social. Un paseo no es un desplazamiento ineficiente. Una siesta no es una recovery session.
Quién se beneficia
Conviene preguntarse, como con toda ideología, a quién beneficia. La productividad personal se vende como emancipación —serás dueño de tu tiempo— pero en la práctica opera como una externalización. La empresa ya no tiene que organizarte el día: te has comprado tú el software de gestión, te lees los libros, te pagas el curso. Eres tu propio departamento de recursos humanos, y te explotas con una eficiencia que ningún jefe se atrevería a pedir por escrito.
Hay algo profundamente neoliberal en esta lógica: la idea de que cualquier sufrimiento es un problema de optimización mal resuelto. Si estás cansado, es que no has dormido bien. Si no duermes bien, es que no has hecho ejercicio. Si no haces ejercicio, es que no te organizas. Nunca es que el sistema que habitas sea agotador: siempre es que tú, pieza individual, no estás suficientemente afilado.
Contra la gestión de uno mismo
No propongo abandonar las listas ni los calendarios. Los uso, los necesito, los defiendo. Lo que propongo es dejar de tratarnos como proyectos. Un proyecto tiene entregables, fases, KPIs. Una vida no: una vida tiene tramos aburridos, desvíos inútiles, tardes perdidas que resultan ser las únicas que recordamos diez años después.
La pregunta interesante ya no es cómo hago más cosas. Es qué cosas dejan de tener sentido cuando las mido. Sospecho que la lista es larga y que incluye casi todo lo importante.