Abrí mi cuenta de Twitter en 2009 porque un amigo me dijo que ahí pasaba algo interesante. Y durante bastantes años pasó: conocí gente, aprendí cosas, me enteré de noticias antes que por los periódicos, incluso conseguí trabajo por ahí. No voy a hacer como si no hubiera pasado nada bueno, porque sería deshonesto. Pasaron cosas buenas. Lo que pasa es que dejaron de pasar.
A finales de 2024 cerré la cuenta. No con gestos, no con un hilo de despedida, no con una carta abierta. Simplemente dejé de abrirla, y un día, sin dramatismo, la cerré del todo. Lo cuento aquí porque el proceso me enseñó algo que creo que merece la pena compartir, más allá de la anécdota personal.
El problema no era Twitter
Lo primero que descubrí, al dejarla, es que el problema nunca había sido exactamente Twitter. O mejor dicho: no era el sitio, sino el formato. Los 280 caracteres, la cronología invertida, el incentivo al gesto rápido. Aquello estaba diseñado para producir un tipo muy concreto de pensamiento —fragmentario, performativo, reactivo— y yo, después de quince años, era un producto razonablemente bien terminado de ese diseño.
Lo noté la primera vez que intenté escribir un texto largo, pocas semanas después de cerrar la cuenta. No sabía. Había perdido el músculo. Se me ocurrían frases ingeniosas, se me ocurrían réplicas imaginarias a gente que no estaba, se me ocurrían titulares. No se me ocurrían ideas desarrolladas. Me di cuenta, con cierto susto, de que llevaba años sin pensar más de tres párrafos seguidos.
Lo que el blog hace y la red no
Volví al blog —a éste, y antes a otro que tuve a mediados de los 2000— no por nostalgia sino por necesidad. Escribir en un blog obliga a cosas que la red social hace imposibles:
- Obliga a empezar, desarrollar y terminar. Un tuit puede existir solo; un texto necesita una estructura. Eso no es un capricho formal: es un entrenamiento del pensamiento.
- Obliga a publicar sin respuesta inmediata. El silencio de los primeros días de un post —cuando aún no lo ha leído nadie— enseña a escribir por razones internas, no por la aprobación.
- No tiene algoritmo. Lo que publico aquí no pelea por atención con lo que publica otro. Si alguien me lee es porque ha venido a buscarme, no porque una máquina le haya decidido que hoy toca.
- Queda. Un post de hace cinco años sigue siendo encontrable, citable, enlazable. Un tuit de hace cinco años está enterrado bajo diez mil tuits más.
Escribir en la red es como hablar en un bar lleno. Escribir en un blog es como dejar una carta encima de una mesa y marcharse. La carta espera.
Una red social lenta
[!IMPORTANT] hola esto es una
Los blogs nunca desaparecieron: fueron empujados a los márgenes. Y en esos márgenes han seguido funcionando —con lectores, con enlaces entre ellos, con conversaciones en los comentarios o por correo— lo que en realidad siempre fue una red social, sólo que lenta. Una red social en la que participar cuesta más y por eso todo lo que circula vale un poco más la pena.
No digo que todo el mundo deba cerrar sus cuentas. Hay gente para la que las redes son herramienta de trabajo, de activismo, de comunidad. Yo no estoy en esa situación, y el cálculo, para mí, salía mal desde hacía años.
Lo que digo es esto: si algo te resulta familiar en lo que cuento —la sensación de pensar en frases sueltas, la ansiedad al abrir la app, la discusión de madrugada con un desconocido—, prueba a escribir un texto de mil palabras sobre cualquier cosa que te importe. Publícalo donde quieras, o no lo publiques. Lo interesante es lo que descubras mientras lo escribes.
A mí me devolvió la cabeza. Y ya era hora.