Tengo una estantería entera de libros sin terminar. No me da vergüenza: me da información. Cada uno de esos libros a medias es un pequeño autorretrato —el momento en que lo compré, lo que esperaba de él, por qué dejó de decirme algo— y, visto así, esa estantería es probablemente la más honesta de mi casa.

Durante años intenté terminarlos todos. Arrastraba libros como quien arrastra culpas: un marcapáginas quieto en la página 74, una mirada de reproche cada vez que pasaba por delante, la promesa vaga de retomarlo este verano. Hasta que un día decidí parar. No de leer: parar con la idea de que empezar obliga a terminar.

La falacia del compromiso

La obligación de terminar un libro es, si uno lo piensa con calma, una rareza cultural. No sentimos lo mismo con las películas que abandonamos a los veinte minutos, ni con las series que dejamos en el tercer capítulo, ni con las conversaciones que esquivamos cuando se vuelven aburridas. Con los libros, en cambio, funciona una especie de contrato moral: si lo empezaste, se lo debes. Como si el libro estuviera esperando.

El libro no está esperando. El libro es un objeto. El que está atrapado en una falacia del compromiso eres tú, y esa falacia te está robando tiempo de lectura real.

Qué dice que abandones

Abandonar un libro no es siempre lo mismo. Yo distingo al menos tres casos:

  1. El libro no es bueno. Te das cuenta a las treinta páginas. El autor repite argumentos, el lenguaje es plano, la idea central cabía en un artículo. Seguir es vanidad: quieres demostrar que has terminado algo, no que has aprendido algo.
  2. No es el momento. El libro es bueno, pero no te encuentra donde estás ahora. Lo dejas, y si vale la pena, volverá. Algunos libros sólo se leen bien a los 40, a los 60, a los 12. Insistir fuera de tiempo es maltratar al libro y al lector.
  3. Es demasiado bueno para ahora. A veces lo dejas porque te está removiendo demasiado, o porque cada página exige una pausa tan larga que no puedes seguir en modo continuo. Ese tampoco es un abandono: es un aplazamiento respetuoso.

Ninguno de estos tres casos es un fracaso. El único fracaso sería leer sin entender porque el orgullo no deja parar.

Leer para pensar, no para contabilizar

Sospecho que la obsesión por terminar viene de haber confundido leer con un deporte. La contabilidad lectora —este año llevo 37 libros— es un artefacto reciente, empujado por redes de reseñas y por la estética de las estanterías. Es inofensiva si uno la toma a broma; preocupante si la toma en serio.

Leer no es acumular títulos. Es dejar que los textos te muevan. Y a veces lo que más te mueve es cerrar el libro a la página 60, guardarlo, y salir a dar una vuelta pensando en lo que decía.

He leído más y mejor desde que me permito no terminar. Empiezo más libros, porque empezarlos no me compromete a nada. Descubro más voces, porque no tengo miedo de perderme en una que no me interese. Y los libros que sí termino los termino en serio: porque me atraparon de verdad, no porque no quise quedar mal conmigo mismo.

Abandona. Sin culpa, sin ruido, sin marcapáginas ceremonioso. Si el libro te importa de verdad, volverá a ti. Si no, ya cumplió su papel: te enseñó, en sesenta páginas, qué clase de lector no quieres ser.