De niño, los domingos por la tarde en casa de mis abuelos eran insoportables. No había nada que hacer. Literalmente nada: un televisor con dos canales, un patio con un gato receloso y unas horas que se extendían como chicle. Me aburría tanto que recuerdo haber memorizado el patrón de las baldosas de la cocina, haber contado los libros del salón dos veces, haber desmontado un bolígrafo sin motivo. Y recuerdo también, aunque ahora suene implausible, que de ahí salía casi todo lo que a mí me parecía interesante de aquellas tardes.
Hoy no me aburriría. Llevo el aburrimiento desactivado en el bolsillo, conectado a la red eléctrica de un centro de datos en Virginia. En cuanto un silencio amenaza con volverse incómodo, saco el teléfono y lo relleno. No lo hago como estrategia: lo hago como reflejo. Como quien cierra una ventana cuando corre aire.
El aburrimiento como materia prima
El aburrimiento tiene mala fama, pero hace un trabajo importante: es el espacio donde la cabeza, sin estímulos externos, empieza a hablarte de cosas que habías dejado aparcadas. Ideas sin terminar. Recuerdos que parecían irrelevantes. Preguntas que no sabías que te estabas haciendo. Ese rumor de fondo que llamamos pensar necesita vacío para aparecer, y nosotros lo hemos llenado con un feed infinito.
No es casualidad que casi ningún libro interesante se haya escrito desde el entretenimiento constante. Se escriben desde trenes lentos, desde balcones largos, desde salas de espera, desde insomnios. Desde tiempo inútil. El aburrimiento es, literalmente, la materia prima de la vida interior.
No es lo mismo descanso que dopamina
Se confunde a menudo el descanso con la distracción, y no son lo mismo. Tumbarse en el sofá con el teléfono no descansa: distrae. Si después de dos horas de scroll te levantas más cansado que antes, no es culpa del sofá. Es que no has descansado: te has anestesiado. Son dos operaciones distintas, y una sustituye a la otra con una facilidad que debería alarmarnos.
Estar distraído no es estar descansado. Y un cerebro que nunca se aburre tampoco descansa nunca.
Lo comprobé por primera vez durante una semana sin datos móviles en un pueblo de Teruel, no por pureza sino porque no había cobertura. Los primeros dos días fueron irritantes. A partir del tercero empecé a tener ideas otra vez. No mejores, sólo mías: ideas que no venían de haber leído a otro treinta segundos antes.
Una práctica, no una renuncia
No propongo tirar el teléfono. No vivo en una cabaña. Sé que las campañas contra las pantallas suelen venir de gente que se las puede permitir, y desconfío de la pureza digital tanto como de la nostalgia analógica. Lo que propongo es tratar el aburrimiento como una práctica, no como un fallo.
Una práctica pequeña: cinco minutos en la parada de autobús sin sacar nada del bolsillo. Media hora de cocina con la radio apagada. Un paseo sin podcast. Una tarde de domingo en la que no ocurra nada, durante la cual cuentes las baldosas, desmontes un bolígrafo, o simplemente te quedes mirando por la ventana como quien se mira a sí mismo desde fuera.
Lo raro ya no es aburrirse. Lo raro es dejar que pase.