“Es que el algoritmo me recomienda esto.” “Es que el algoritmo me ha radicalizado.” “Es que el algoritmo nos enfrenta.” Llevo años escuchando la palabra algoritmo funcionando como comodín: cuando no entendemos algo de nuestra vida digital, ahí está, dispuesto a cargar con la culpa. Y no digo que el algoritmo sea inocente —no lo es, y hablaré de ello—, pero la forma en que lo invocamos empieza a parecer una coartada.

La doble comodidad

Culpar al algoritmo tiene dos grandes ventajas retóricas. La primera es que desplaza la responsabilidad: si una máquina opaca decide lo que ves, lo que piensas y con quién te peleas en Internet, tú quedas reducido a víctima inocente. La segunda es que vuelve el problema invisible: nadie sabe exactamente cómo funciona un sistema de recomendaciones, así que la acusación es imposible de verificar y, por tanto, también imposible de rebatir.

Es una coartada perfecta. Demasiado perfecta.

Lo que sí hace el algoritmo

Conviene, antes de seguir, reconocer lo que de verdad hacen estos sistemas. Los algoritmos de recomendación priorizan lo que genera engagement —clics, comentarios, indignación— porque eso es lo que se les ha pedido optimizar. La indignación es más rentable que la calma, así que el sistema, sin maldad alguna, aprende a servir indignación. No hay conspiración: hay una métrica mal elegida repetida mil millones de veces.

Eso sí es culpa del diseño. Y sí es responsabilidad de las empresas que lo sostienen, porque podrían optimizar otras cosas y han decidido no hacerlo. No banalicemos esto.

Lo que no hace

Pero el algoritmo no te obliga a publicar. No redacta tus tuits. No decide que vas a pasar dos horas discutiendo con un desconocido sobre algo que no te importa. No te pone el dedo en el botón de compartir. Esas decisiones —pequeñas, sumadas, cotidianas— son tuyas. Y son las que, al agregarse, construyen el entorno del que luego nos quejamos.

El algoritmo es un espejo con incentivos. Si lo único que le damos de comer es rabia, nos devolverá rabia. Y a veces la rabia empezó en nosotros.

He perdido la cuenta de la gente que, habiéndose quejado durante años del algoritmo de Twitter, lo reprodujo con precisión milimétrica en cuanto se mudó a Mastodon o a Bluesky: los mismos enfados, las mismas discusiones, las mismas polarizaciones. Si fuera sólo el algoritmo, cambiar de plataforma bastaría. No basta.

Responsabilidad distribuida

La pregunta interesante no es quién tiene la culpa, sino cómo se distribuye. Las plataformas tienen una cuota enorme: han diseñado el terreno de juego. Los medios tienen otra: premian lo viral sobre lo verdadero. Los usuarios tenemos la nuestra: somos quienes producimos el material con el que el algoritmo trabaja.

La ventaja de asumir nuestra parte es puramente práctica: es la única sobre la que podemos actuar mañana por la mañana. No voy a reescribir el código de Instagram. Sí puedo dejar de publicar en caliente. Sí puedo cerrar la app antes de escribir algo de lo que voy a arrepentirme. Sí puedo elegir a quién sigo sabiendo que estoy entrenando, con cada clic, la máquina que luego me servirá mis próximas obsesiones.

Culpar al algoritmo es, al final, una forma de no mirarnos. Y lo que no miramos es, siempre, lo que termina decidiendo por nosotros.